Mostrando entradas con la etiqueta experiencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta experiencia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 21 de diciembre de 2011

De charla a charla y tiro porque me toca


Muchos habréis oído ya que, a mediados del mes pasado, hubo una charla sobre blogs en Barcelona organizada por APTIC, en la que Olli Carreira y Pablo Muñoz, además de Clara Guelbenzu y Martine Fernández, nos explicaron las maravillas de la blogosfera y lo bien que les ha venido darse a conocer en el mundo traductoril mediante sus blogs. Si os lo perdisteis, no os preocupéis porque tanto Martine como Aida (aquí, aquí y aquí) lo han resumido maravillosamente. Mi asistencia a esa charla fue el principio de un mes acelerado en el que apenas he tenido tiempo ni para darme cuenta de lo que me estaba pasando.

Gracias a Nieves Gamonal (Neus para los amigos), quien amablemente cedió el sofá de su humilde (pero preciosa) morada para que durmiese cuatro días, tuve la suerte de tener también mi ratito de gloria el día antes de la charla sobre blogs. Aprovechando que estaba por tierras catalanas y que Nieves justo tenía ese viernes la clase de videojuegos del Máster que está estudiando (la cual impartía Carme Mangiron), me sugirió que fuese a dar una charla sobre videojuegos y cómo meterse en el mundillo. Hablé con Carme y accedió a que fuese a sus clases (el mismo día daba dos sesiones: una para los de catalán y otra para los de castellano) a hablar durante 20 minutillos sobre mi experiencia cómo empecé y cómo he llegado hasta donde estoy (así, a pelo; sin «pagüer poin» ni na’).

Empecé con el grupo de castellano; les conté, más o menos, cómo había empezado en el mundillo y les di tres pinceladas sobre lo que podrían hacer si querían dedicarse a esto. Después, hubo turno de preguntas y, no sé si porque no había muchos interesados en el tema o porque se lo había dejado todo tan tan claro que no tenían preguntas, costó que alguien levantase la mano. Eso sí, debo dar las gracias al par de valientes que sí que hicieron preguntas, porque me hicieron darme cuenta de las dudas que tiene la gente cuando empieza (no, no todos tienen las mismas dudas que yo tenía) y, de esa forma, sé qué cosas debo añadir en mis presentaciones. Al final de la clase, dos chicas se me acercaron (lo siento, ¡olvidé vuestros nombres! Si leéis esto, recordádmelos, please) para hacerme un par de preguntas sobre dónde encontrar trabajo en videojuegos. Después, llegó el turno de la clase de Nieves. Aquí fue cuando Carme Mangiron decidió preguntar a los presentes que quién me conocía (bien porque seguían mi blog o bien porque me seguían en Twitter)... ¡Imaginaos la cara que puse cuando la clase entera (19 alumnos) levantó la mano! *Tierra, trágame* (desde aquí, quiero agradecerles a todos esos alumnos de Carme a que hagan que mi trabajo en la red valga la pena). La charla fue más o menos la misma y esta vez hubo bastantes más preguntas.

No os podéis imaginar lo bien que me sentí al poder ver que había gente interesada en el mundillo de los videojuegos, al ver que mis palabras les habían abierto (aunque solo fuese un poco) los ojos. Lo habría hecho al día siguiente y al otro y al otro. Con que, de todos ellos, solo uno consiguiese llegar a ser localizador de videojuegos, me habría dado con un canto en los dientes.


Pero la cosa no acabó ahí. Hace ya un par de meses, la Universitat de Vic (UVic) me contactó para ir a hablar sobre movilidad estudiantil y la experiencia de irse a vivir en el extranjero, ya que se celebraba el «International Workshops on Higher Education» durante la segunda semana de diciembre. Por supuesto, acepté, porque volver a la universidad que te formó es siempre un placer, pero hacer algo para ellos es aún mejor.

La charla fue la mañana del martes 13 (no te cases ni te embarques), y también tocó repetirla por la tarde. Compartiendo mesa redonda había otros dos exalumnos de la UVic, Marta (actualmente estudiante de Doctorado en Alemania y quien había vivido en India durante un verano) y Adrià (quien fue compañero de residencia y que, además de un Erasmus en EE. UU., ahora vive en el extranjero). Además, también estaba Adriana Pérez, coordinadora del Erasmus Student Network, una red internacional de estudiantes de Erasmus. Cada uno explicó su experiencia viviendo en el extranjero, bien como estudiantes de Erasmus, bien como estudiantes de doctorado o bien como trabajadores. El objetivo era motivar a los estudiantes para que aprovechasen las facilidades que da la universidad para irse de Erasmus o irse después de la carrera a vivir o estudiar en el extranjero, ya que es una experiencia que no solo te enriquece como persona sino que también enriquece tu currículo y, en general, te beneficia a la hora de encontrar trabajo. De nuevo, la experiencia fue increíble, ya no por haber intentado que algo dentro de las cabecitas de los estudiantes se mueva y les motive para dar el salto, sino también porque aprendí las buenas experiencias que han tenido otros y que, estés en Inglaterra, Alemania, Suiza o Qatar (o Catar, como gustéis), todos lo hemos vivido ese descubrimiento de otra cultura de la misma forma. Así que, desde aquí, animo a todos los estudiantes de Traducción (y de cualquier otra carrera) a hacer un Erasmus uno de los años. Y, si no, a irse a vivir al extranjero una temporada, como bien hice yo hace siete años. Al acabar, les enseñé una presentación con algunas fotos sobre Londres, para motivarlos a que vean mundo, que hay cosas muy bonitas ahí fuera.

Por último, llegó el día de la presentación de videojuegos que me habían pedido hacer para los estudiantes de Traducción Audiovisual de la UVic, asignatura que yo también hice en su día y que se convirtió en mi asignatura preferida. La petición corrió a cargo de Eva Espasa, la profesora de esa asignatura pero al catalán, después de reencontrarnos en el Media4All y charlar durante un buen rato, y yo comentarle que me encantaría ir a mi antigua universidad a dar alguna charla para motivar a los alumnos. Por supuesto, cuando me lo pidió, no dudé ni un segundo en decir que sí.

La charla empezó tarde, pero no me importó, porque así me fui tranquilizando y, además, aproveché para hablar con Eva y también con Àngel Tortadès, el profesor de alemán. Mientras seguíamos esperando a algunos alumnos (estaban en una de las charlas que se daban en otro edificio), pasó Xus Ugarte, mi profesora de Interpretación, que, aunque solo la tuve un año, guardo mucho cariño de ella y de su asignatura (cuyos trucos y consejos he podido aplicar en las pocas interpretaciones que he hecho y, sobre todo, cuando voy a Mallorca con mi novio y tengo que pasarme 24 horas interpretando). Ambos comentaron que se quedarían a escuchar mi charla... ¡Imaginaos mi ilusión! ¡Yo dando una charla a tres de mis profesores de la universidad!

Por fin llegaron los alumnos que faltaban y Francesca Bartrina, la que fue mi profesora de Traducción Audiovisual dos años, venía con ellos. La charla tenía que durar 45 minutos, en los que tenía que hablar sobre localización y testeo de videojuegos, y darles unos cuantos consejillos para empezar una vez que acabasen la carrera (que, de hecho, deberían empezar a llevarlos a la práctica hoy mismo). Les conté un poco cosas que ya había explicado en otras ponencias, como la de videojuegos que se hizo en Barcelona o el Media4All, y que expliqué a lo largo de varias entradas (I, II, III y IV). Por supuesto, no lo expliqué TODO, pero sí que cogí pinceladas para que tuviesen una idea de cómo es el mundillo de la localización de de videojuegos y de testeo y, a ello, le añadí una tercera parte sobre aquello imprescindible para convertirse en Traductores 2.0.

No sé ni cuánto duró la charla, porque como había empezado bastante tarde, fui un poco acelerada, pero la tanda de preguntas la tuvimos que hacer en el bar, porque en el aula en la que estábamos tocaba clase de interpretación. Y al bar que nos fuimos. Allí, me rodearon varios alumnos de traducción y me acosaron (placenteramente) a preguntas. Me acordé de que yo también sentía la misma desesperación por saber qué hacer cuando todo acabase, por entender que, aunque seamos novatos, vale más la pena cobrar más pero pagar a alguien con más experiencia para que nos corrija el texto, que no caer en el bucle infinito de cobrar demasiado poco. Tenían muchas preguntas, muchas dudas, muchas cosas que no entendían, pero intenté hacerlo lo mejor posible para responder a todas las posibles dudas que pudiesen tener. Y parece que les sirvió de mucho la charla y, sobre todo, les motivé a no desanimarse, a pesar de que los primeros intentos de enviar currículos fuesen un poco frustrantes. Ya veremos dentro de unos meses.

De momento, contaros que he disfrutado mucho con la experiencia. Os animo a que deis alguna charla a los alumnos de vuestras antiguas universidades y veréis lo maravilloso que es ayudar a mostrarles un pequeño camino a esos estudiantes. ¡Ojalá a mí me hubiesen hecho algo así cuando estaba en la universidad!

Por cierto, hablando con Xus Ugarte, me dijo que la UVic tenía un blog sobre traducción (y lingüística) llamado Tradiling. Le he echado un ojo y tiene buena pinta, así que os aconsejo que lo sigáis, porque tiene cosas muy interesantes. 

martes, 24 de mayo de 2011

El que la sigue, la consigue

Uno de los consejos que los traductores veteranos siempre suelen/solemos dar a los que empiezan es no perder nunca la esperanza. Ser un recién licenciado y dedicar días a preparar el currículo (en dos o tres idiomas), las cartas de presentación (en otros tantos idiomas), buscar agencias por internet, enviarles todo eso bello trabajo que hemos preparado con tanto ahínco para, después, no recibir respuesta alguna, recibir una respuesta automatizada o, mucho peor, que nos digan que no tenemos experiencia suficiente, puede ser muy desesperanzador.

Cuando ya vas adquiriendo experiencia, la cosa no cambia. Hay que insistir con los clientes que han aceptado nuestro currículo y lo han añadido a la base de datos. Y no, no es molestar, si no lo haces cada día. Pero creo que es importante que, al menos, una vez al año, enviemos un correo a la persona con la que contactamos o, en su defecto, a la dirección de contacto («info» o allí donde se especifique en el sitio web que quieren que envíen los currículos), con un pequeño recordatorio de quiénes somos, cuándo enviamos nuestro currículo por primera vez y, ya que estamos, enviar una versión actualizada del mismo. Esto servirá no solo para darles un toque (que nunca viene mal), sino también para que siempre tengan el currículo actualizado porque, tal vez, un día realices una traducción sobre física cuántica y, poco después de enviarles el currículo actualizado, un cliente les envíe un artículo sobre física cuántica y, bueno, como no pueden encontrar a nadie, te llamen para ver si te interesa el proyecto.

También es bueno hacer esto con las agencias con las que hemos trabajado alguna vez, para que sepan que estáis disponibles. A lo mejor la palabra «insistencia» suena un poco fuerte, pero era para que me entendieseis. Si queréis, llamémoslo, «recordatorios amables y simpáticos». Casi diría que, con las agencias con las que colaboráis de vez en cuando, es aún más importante mantener este contacto «recordatorio amable y simpático», bien sea anunciándoles que os vais de vacaciones una semana, que habéis vuelto después de recargar las pilas en la Costa Brava, felicitándoles las fiestas de Navidad o, incluso, si sabéis cuándo es el cumpleaños de uno de los gestores de proyectos, felicitándoles el cumpleaños. Todo vale con tal de reforzar la relación con ese cliente.

Sin embargo, os voy a contar un caso más en el que debemos usar la insistencia. Todo sea por nuestro bien.

Había una vez una localizadora de videojuegos que llevaba año y medio colaborando con una agencia belga que le proporcionaba proyectos maravillosos en los que trabajar, además de muchas anécdotas y mogollón de experiencia sobre otros proyectos con muchos problemas que, al final, salen bien. Todo eso que ha pasado de un proyecto a otro y con lo que ha aprendido a asegurarse de que lo tiene todo antes de empezar y a saber afrontar nuevos desafíos. Por ello, estaba muy contenta de poder trabajar con ellos.

Sin embargo, a principios de este año, dejó de saber de ellos. Dejó pasar un mes, por eso de que era principos de año, pero le pareció extraño que no acudiesen a ella, ni siquiera para una de esas minitraducciones que le ofrecían casi diariamente. A mediados de febrero, decidió enviarles un correo, preguntando qué tal les iba todo y comentándoles que tenía disponibilidad para ayudarles si la necesitaban. Tenía el acuse de recibo y de lectura activados, así que recibió ambos correos de confirmación, pero ninguna respuesta. Volvió a intentarlo mes y medio después, y pasó lo mismo. Pero nuestra localizadora no tiró la toalla. Habló con una amiga, compañera de profesión y de chismorreos, y le dijo que siguiese insistiendo. También habló con un amigo, que llevaba muchos más años que ella en el mundo de la traducción, y le dijo que llamase por teléfono, que, en estos casos, es lo mejor, porque así no pueden ignorarte. Llamó pero tenían centralita, así que tuvo que dejar un mensaje. Ipso facto les envió un correo «recordatorio amable y simpático», y esta vez sí que recibió respuesta. Aunque, en absoluto, era la que se esperaba.

Resulta que, unos meses antes, habían llevado a cabo un proyecto con un gran cliente. Desgraciadamente, las traducciones eran de pésima calidad y el cliente se quejó. El gestor de proyectos al que le tocó el marrón, sin explicar nada, pidió a nuestra localizadora que si podía cambiar en el archivo que le enviaba la lista de peticiones del cliente (es decir, una lista de errores que los testers de este cliente habían encontrado). La localizadora, siempre dispuesta a ayudar, lo hizo, pero vio que el resto del texto estaba completamente hecho trizas. Le preguntó al gestor si ese texto había pasado por un corrector, y le contestó que sí, pero que no sabía por qué el traductor no había hecho su trabajo ni el corrector, el suyo. Nuestra localizadora le indicó que había muchísimas cosas más por cambiar, que estaban mal traducidas o eran incorrectas, así que el gestor le pidió que, si no le importaba, le podía hacer el favor de corregirlo todo porque el cliente estaba muy cabreado y se jugaba su puesto. Con la creencia de que siempre va bien hacer pequeños favores, porque, algún día, le devolverían el favor, nuestra localizadora dijo que sí (total, ver todo eso así de mal escrito le daba mareos).

Por desgracia, el gestor perdió el empleo porque la empresa perdió ese cliente. Sin embargo, también decidieron dejar de colaborar con todos los traductores y correctores que habían participado en ese proyecto, incluida nuestra localizadora. Cuando ella se enteró (porque, no, nadie le había dicho nada cuando la empresa tomó esa decisión), no pudo quedarse de brazos cruzados. Estaba segurísima de que ella nunca habría hecho un trabajo tan malo como para que la agencia (como para que ninguna agencia, en general) perdiese un cliente. Es más, unos meses antes, otra gestora la había elogiado diciendo que era su «experta en Nintendo» y había hecho incluso un trabajito particular para esa agencia. Corriendo, miró la carpeta de ese proyecto (sí, nuestra localizadora guarda absolutamente todos los proyectos en los que ha trabajado) y revisó los archivos. Y sí, solo tenía los archivos de la corrección de los fallos resaltados por el cliente, así que, la culpa de que la mala calidad inicial de la traducción condujese a la pérdida del cliente, no era de nuestra localizadora.

Nuestra amiga escribió un correo detallando la historia y por qué creía que la decisión de dejar de contar con ella no había sido justa. Explicó que siempre había estado disponible para cualquier cosa que le habían pedido y que, por favor, la volviesen a considerar como colaboradora. Esperó unos días (había recibido ambas confirmaciones) y, al ver que no contestaban, envió un «recordatorio amable y simpático» al lunes siguiente. Le dijeron que habían estado muy ocupados pero que pasarían el correo al «jefe» para que él estudiase el caso y decidiese si le daban otra oportunidad o no.

Una semana más tarde, seguía sin noticias, así que les volvió a «recordar de forma amable y simpática» su interés por seguir colaborando con ellos y, además, les pidió que le diesen el nombre del jefe para, así, poder hablar directamente con él (y dejaba de molestar las pobres gestoras). Le respondieron, añadiendo al jefe en el mismo correo y, digámoslo así, pasándole la patata caliente. Varios días más tarde (estaba de vacaciones) nuestra localizadora recibió respuesta. El «jefe» dijo que, como el gestor con el que había trabajado no estaba, no podía contrastar la información con él, pero que había visto que había trabajado varias veces después del proyecto del «incidente», así que volvería a dar la oportunidad a nuestra localizadora y que esperaba no arrepentirse de la decisión. Nuestra localizadora, ferviente de emoción, contestó que no se arrepentiría y le agradeció el tiempo que se había tomado en buscar la información y estudiar sus argumentos.

Como veis, en este caso la insistencia ha servido de algo. Nuestra amiga sabía que no había tenido nada que ver con que la agencia hubiera perdido ese cliente tan importante, y luchó por recuperar la confianza de esta agencia y conseguir colaborar con ellos de nuevo. No se dio por rendida, ya no por cuestiones monetarias (es una agencia con la que trabajaba bastante y suponía gran parte de sus ingresos mensuales), sino por asegurar que su reputación seguía intacta, por demostrar que seguía siendo tan buena traductora como el día en que le dieron su primera oportunidad.

Con este cuento, os animo a que no os rindáis, a que solo tiréis la toalla si teneís otra limpia, nuevita y que huela a Mimosín. Ya seáis recién licenciados o llevéis tiempo en esto, luchad por lo que creéis justo, por que os den trabajo bien pagado y, por supuesto, por recuperar clientes «perdidos».

Porque ya sabéis, el que la sigue, la consigue.