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martes, 10 de enero de 2012

Balance del 2011

In English

Echo la mirada atrás y me veo a mí, habiendo realizado mi primer pinito como ponente en un congreso, muy ilusionada por lo que había conseguido los últimos meses del 2010. Sin embargo, el año no empezó tan bien como habría esperado, sobre todo viendo lo bien que había acabado el 2010. Pero, como soy muy cabezota, me centré en el trabajo para intentar olvidarme del tropiezo de principios de año, y es que el esfuerzo realizado el año anterior en la casa de apuestas dio sus frutos, y volvieron a llamarme para ayudarles una vez más. Estuve con ellos unas cuantas semanas, tiempo que me venía de perlas para aprovechar la experiencia mientras llegaba la época buena de la traducción de videojuegos... Ya sabéis: trabajad siempre como si os fuera la vida en ello, y demostrad que sois buenos profesionales y se puede confiar en vosotros, porque nunca se sabe cuándo os podrán volver a llamar. En medio de la alegría por tener el mes de enero entretenido, fue a mediados de enero cuando me dijeron que estaba admitida para hacer una presentación en otro congreso: el Media4All en Londres, a finales de junio.

No sé si a vosotros también os pasó, pero parecía que la parte de traducción no acababa de despegar, como si, de pronto, las agencias de traducción se las hubiese tragado la tierra. Aproveché para realizar la otra parte de nuestro mundillo que es también importante: el networking. En abril, aprovechando que Xosé Castro impartía un taller sobre Word en Valencia, organizado por Asetrad (quienes también habían organizado una charla para el día siguiente), y que, además, tenía muchas ganas de ver a mi amiga Vanessa, me tiré de cabeza a la piscina (a pesar de no tener casi ni un duro) y para Valencia que me fui. La experiencia fue increíble (I y II), no solo porque aproveché para meter a Vanessa en este mundo de congresos, tuiteros y blogueros, sino porque yo pude desvirtualizar a más gente, como Manuel Saavedra, Jordi Balcells, Irene Sánchez, Ana Rubio y, por supuesto, a Xosé Castro, que fue un referente en las dos asignaturas de Traducción Audiovisual que hice y a quien tenía unas ganas locas de conocer, para ver si era de verdad, claro. Sí, lo era, y era tan majo como me habían contado. Además, con el paquete venía también conocer a otra gente genial como Judit Samblás, Gemma Sanza, Marta Ortells o Núria Sanmartí.

Volví a casa con las pilas cargadas. Muy cargadas. Pero las traducciones seguían sin arrancar. Bueno, no pasa nada, aprovechemos para hacer otras cosas, como el artículo sobre localización, testeo y calidad que estaba preparando para publicar. Además, tenía que operarme del oído (una larga historia) y, poco después, recibí una muy mala noticia sobre alguien querido. Ya lo dice Murphy, si algo puede ir mal, irá. Pero lo bueno de eso es que, a partir de entonces, una vez que has tocado fondo, solo puedes subir. Y así fue. Llegó el Media4All, una experiencia increíble y que aconsejo a todo el mundo (más información aquí, aquí y aquí). Allí conseguí desvirtualizar a tres gurús de la traducción audiovisual (y sí, también son de verdad y los puedes tocar, ¡y se dejan hacer fotos y todo!): Jorge Díaz Cintas, Miguel Bernal y Frederic Chaume. ¡Guau! Me sentí como una quinceañera cuando Justin Bieber accede a hacerse una foto con ella, solo que sin los grititos histéricos.

Por supuesto, Murphy ha estado pisándome los talones todo el año, y en estos tres días que me quería tomar para mí, fue justo cuando llegaron los proyectos interesantes. El primero fue un videojuego para varias plataformas de un personaje de Cartoon Network  (en cuanto pueda, os digo el nombre). Después, llegó la hora de un MMORPG sobre la Edad Media, proyecto harto interesante (el más grande que he hecho hasta ahora), pero que me volvió loca con la búsqueda de armas y aparatejos para matar y castigar a los malos (los tuiteros, sabréis de qué os hablo). Aún sin haber acabado el segundo proyecto, me tocó mudarme de piso, para luego irme de «vacaciones» (ya sabéis que los traductores nunca se pueden ir de vacaciones), regresar a Londres, tener a mi familia invitada en mi casa... ¡Bendito verano!

No, no os vayáis aún, que el verano no fue solo eso, no. El verano también fue el momento de mi primer artículo publicado. También iniciamos proyectos nuevos, como la Revista Traditori que hace nada salió publicada, y de la que hablaré muy pronto (aquí, aquí, aquí, aquí y aquí podéis tomar un aperitivo) o un proyecto junto a Pablo y Elizabeth que Johanna Angulo ha organizado, y del que espero poder explicaros todo muy pronto. Sí, lo sé, demasiado misterio, pero no quiero anticipar acontecimientos sin tener los cabos bien atados. ¿Qué más? Ah, sí. En septiembre me llamó un antiguo compañero de curro para que participase en la creación de un videojuego para aprender español, y así comenzó mi otoño.

Kindly created by @MonkeysvsRobots
Entre el videojuego, preparar temario para el proyecto con Johanna, acabar mi segundo artículo y hacer las traducciones que me llegaban, apenas me di cuenta de que ya estábamos en noviembre. Y como mi vida no era lo suficiente emocionante (yeah, right!), la universidad en la que estudié me llamó para que fuese a dar una charla sobre movilidad estudiantil en diciembre. Un mes antes, los tuiteros (además de Maya, la presidenta de APTIC) se pasaron dos semanas intentándome convencer para que fuese a Barcelona a la charla sobre blogs que APTIC organizaba. No me pude negar. No me pude negar. Si es que, me sueltan las palabras fiesta, traductores, desvirtualización (Carolina, Aida, Iris, Maya, Clara, Mar, Verónica, José Luis, José Manuel, Laia, Miriam, Manuel y Lidia... ¿Me dejo a alguien?)... Y allá que me fui. Otro acontecimiento para no olvidar.

Para poner la guinda al pastel, el año acabó con dos proposiciones (¿indecentes?). En la primera de ellas, Alejandro, el autor de Mox’s Blog, me pedía permiso (¿?) para publicar una tira cómica en el libro que iba a publicar, ya que se había inspirado en una idea que yo le había dado. Imaginaos mi cara... Tal cual personaje manga con la boca abierta hasta el suelo. En la segunda (proposición, claro está), me pedían formar parte del profesorado de un nuevo curso que Educación Digital ha organizado y que empezará a finales de enero. Esta vez, además de la boca abierta, me restregué los ojos un par de veces, porque no me creía lo que veía.

Por último, ya en el último empujón del fin de año, tuve la suerte de poder colaborar para un proyecto que promete con otros colegas tuiteros como Manuel, Ander y Jennifer, además de Miguel Ángel (al que no conocía y que, creo, no sigo en Twitter) para la mejor agencia española que conozco hasta el momento (Kobalt Languages), y bajo los hilos de dos gestores de proyectos que nos lo pusieron facilísimo todo: Ricard y Ana.

Un buen comienzo de año. Espero que sea el principio de un año aún mejor. Como veis, no hay mal que por bien no venga pero, sobre todo, hay que saber aprovechar esos momentos bajos o malos, para coger carrerilla y subir la montaña con todas tus fuerzas. Por ello, un consejo: ¡no hay que rendirse nunca!
Kindly created by @MonkeysvsRobots


¡Que tengáis todos el mejor 2012!
PD: Me he dado cuenta de que me he dejado nombres de desvirtualizados, así que, los he añadido ahora. Porque ellos lo valen. J

martes, 24 de mayo de 2011

El que la sigue, la consigue

Uno de los consejos que los traductores veteranos siempre suelen/solemos dar a los que empiezan es no perder nunca la esperanza. Ser un recién licenciado y dedicar días a preparar el currículo (en dos o tres idiomas), las cartas de presentación (en otros tantos idiomas), buscar agencias por internet, enviarles todo eso bello trabajo que hemos preparado con tanto ahínco para, después, no recibir respuesta alguna, recibir una respuesta automatizada o, mucho peor, que nos digan que no tenemos experiencia suficiente, puede ser muy desesperanzador.

Cuando ya vas adquiriendo experiencia, la cosa no cambia. Hay que insistir con los clientes que han aceptado nuestro currículo y lo han añadido a la base de datos. Y no, no es molestar, si no lo haces cada día. Pero creo que es importante que, al menos, una vez al año, enviemos un correo a la persona con la que contactamos o, en su defecto, a la dirección de contacto («info» o allí donde se especifique en el sitio web que quieren que envíen los currículos), con un pequeño recordatorio de quiénes somos, cuándo enviamos nuestro currículo por primera vez y, ya que estamos, enviar una versión actualizada del mismo. Esto servirá no solo para darles un toque (que nunca viene mal), sino también para que siempre tengan el currículo actualizado porque, tal vez, un día realices una traducción sobre física cuántica y, poco después de enviarles el currículo actualizado, un cliente les envíe un artículo sobre física cuántica y, bueno, como no pueden encontrar a nadie, te llamen para ver si te interesa el proyecto.

También es bueno hacer esto con las agencias con las que hemos trabajado alguna vez, para que sepan que estáis disponibles. A lo mejor la palabra «insistencia» suena un poco fuerte, pero era para que me entendieseis. Si queréis, llamémoslo, «recordatorios amables y simpáticos». Casi diría que, con las agencias con las que colaboráis de vez en cuando, es aún más importante mantener este contacto «recordatorio amable y simpático», bien sea anunciándoles que os vais de vacaciones una semana, que habéis vuelto después de recargar las pilas en la Costa Brava, felicitándoles las fiestas de Navidad o, incluso, si sabéis cuándo es el cumpleaños de uno de los gestores de proyectos, felicitándoles el cumpleaños. Todo vale con tal de reforzar la relación con ese cliente.

Sin embargo, os voy a contar un caso más en el que debemos usar la insistencia. Todo sea por nuestro bien.

Había una vez una localizadora de videojuegos que llevaba año y medio colaborando con una agencia belga que le proporcionaba proyectos maravillosos en los que trabajar, además de muchas anécdotas y mogollón de experiencia sobre otros proyectos con muchos problemas que, al final, salen bien. Todo eso que ha pasado de un proyecto a otro y con lo que ha aprendido a asegurarse de que lo tiene todo antes de empezar y a saber afrontar nuevos desafíos. Por ello, estaba muy contenta de poder trabajar con ellos.

Sin embargo, a principios de este año, dejó de saber de ellos. Dejó pasar un mes, por eso de que era principos de año, pero le pareció extraño que no acudiesen a ella, ni siquiera para una de esas minitraducciones que le ofrecían casi diariamente. A mediados de febrero, decidió enviarles un correo, preguntando qué tal les iba todo y comentándoles que tenía disponibilidad para ayudarles si la necesitaban. Tenía el acuse de recibo y de lectura activados, así que recibió ambos correos de confirmación, pero ninguna respuesta. Volvió a intentarlo mes y medio después, y pasó lo mismo. Pero nuestra localizadora no tiró la toalla. Habló con una amiga, compañera de profesión y de chismorreos, y le dijo que siguiese insistiendo. También habló con un amigo, que llevaba muchos más años que ella en el mundo de la traducción, y le dijo que llamase por teléfono, que, en estos casos, es lo mejor, porque así no pueden ignorarte. Llamó pero tenían centralita, así que tuvo que dejar un mensaje. Ipso facto les envió un correo «recordatorio amable y simpático», y esta vez sí que recibió respuesta. Aunque, en absoluto, era la que se esperaba.

Resulta que, unos meses antes, habían llevado a cabo un proyecto con un gran cliente. Desgraciadamente, las traducciones eran de pésima calidad y el cliente se quejó. El gestor de proyectos al que le tocó el marrón, sin explicar nada, pidió a nuestra localizadora que si podía cambiar en el archivo que le enviaba la lista de peticiones del cliente (es decir, una lista de errores que los testers de este cliente habían encontrado). La localizadora, siempre dispuesta a ayudar, lo hizo, pero vio que el resto del texto estaba completamente hecho trizas. Le preguntó al gestor si ese texto había pasado por un corrector, y le contestó que sí, pero que no sabía por qué el traductor no había hecho su trabajo ni el corrector, el suyo. Nuestra localizadora le indicó que había muchísimas cosas más por cambiar, que estaban mal traducidas o eran incorrectas, así que el gestor le pidió que, si no le importaba, le podía hacer el favor de corregirlo todo porque el cliente estaba muy cabreado y se jugaba su puesto. Con la creencia de que siempre va bien hacer pequeños favores, porque, algún día, le devolverían el favor, nuestra localizadora dijo que sí (total, ver todo eso así de mal escrito le daba mareos).

Por desgracia, el gestor perdió el empleo porque la empresa perdió ese cliente. Sin embargo, también decidieron dejar de colaborar con todos los traductores y correctores que habían participado en ese proyecto, incluida nuestra localizadora. Cuando ella se enteró (porque, no, nadie le había dicho nada cuando la empresa tomó esa decisión), no pudo quedarse de brazos cruzados. Estaba segurísima de que ella nunca habría hecho un trabajo tan malo como para que la agencia (como para que ninguna agencia, en general) perdiese un cliente. Es más, unos meses antes, otra gestora la había elogiado diciendo que era su «experta en Nintendo» y había hecho incluso un trabajito particular para esa agencia. Corriendo, miró la carpeta de ese proyecto (sí, nuestra localizadora guarda absolutamente todos los proyectos en los que ha trabajado) y revisó los archivos. Y sí, solo tenía los archivos de la corrección de los fallos resaltados por el cliente, así que, la culpa de que la mala calidad inicial de la traducción condujese a la pérdida del cliente, no era de nuestra localizadora.

Nuestra amiga escribió un correo detallando la historia y por qué creía que la decisión de dejar de contar con ella no había sido justa. Explicó que siempre había estado disponible para cualquier cosa que le habían pedido y que, por favor, la volviesen a considerar como colaboradora. Esperó unos días (había recibido ambas confirmaciones) y, al ver que no contestaban, envió un «recordatorio amable y simpático» al lunes siguiente. Le dijeron que habían estado muy ocupados pero que pasarían el correo al «jefe» para que él estudiase el caso y decidiese si le daban otra oportunidad o no.

Una semana más tarde, seguía sin noticias, así que les volvió a «recordar de forma amable y simpática» su interés por seguir colaborando con ellos y, además, les pidió que le diesen el nombre del jefe para, así, poder hablar directamente con él (y dejaba de molestar las pobres gestoras). Le respondieron, añadiendo al jefe en el mismo correo y, digámoslo así, pasándole la patata caliente. Varios días más tarde (estaba de vacaciones) nuestra localizadora recibió respuesta. El «jefe» dijo que, como el gestor con el que había trabajado no estaba, no podía contrastar la información con él, pero que había visto que había trabajado varias veces después del proyecto del «incidente», así que volvería a dar la oportunidad a nuestra localizadora y que esperaba no arrepentirse de la decisión. Nuestra localizadora, ferviente de emoción, contestó que no se arrepentiría y le agradeció el tiempo que se había tomado en buscar la información y estudiar sus argumentos.

Como veis, en este caso la insistencia ha servido de algo. Nuestra amiga sabía que no había tenido nada que ver con que la agencia hubiera perdido ese cliente tan importante, y luchó por recuperar la confianza de esta agencia y conseguir colaborar con ellos de nuevo. No se dio por rendida, ya no por cuestiones monetarias (es una agencia con la que trabajaba bastante y suponía gran parte de sus ingresos mensuales), sino por asegurar que su reputación seguía intacta, por demostrar que seguía siendo tan buena traductora como el día en que le dieron su primera oportunidad.

Con este cuento, os animo a que no os rindáis, a que solo tiréis la toalla si teneís otra limpia, nuevita y que huela a Mimosín. Ya seáis recién licenciados o llevéis tiempo en esto, luchad por lo que creéis justo, por que os den trabajo bien pagado y, por supuesto, por recuperar clientes «perdidos».

Porque ya sabéis, el que la sigue, la consigue.